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Cadáveres en el camino; todo empezo cuando «Pedro Terrasa consumó su venganza personal sobre Nando Pons»

serra ferrerHoy han sido cinco, entre ellos Cati Guasp, que llevaba casi 30 años en el club. Hace poco les tocó a otros, pero la sangría comenzó cuando Pedro Terrasa consumó su venganza personal sobre Nando Pons. La lista de cadáveres se cuenta a docenas. Son los Santos Inocentes -unos más que otros- de un conflicto que parece no tener final, y que está descomponiendo al Mallorca hasta sus últimas consecuencias.

Vamos a empezar por el principio. Cuando Terrasa se fue a buscar a Serra, no lo hizo inducido por una fuerza espiritual que le señaló a Llorenç como el mesías del mallorquinismo. No, sus motivos fueron mucho más mundanos: conseguir a través de la entrada de una nueva propiedad llevar a cabo una venganza personal que llevaba más de dos años perpetrando contra Nando Pons, al que acusaba de haberle traicionado cuando Vicenç Grande le despidió por primera vez del Mallorca, en el año 2008.

Terrasa utilizó en vano toda su munición mediática -que es mucha y muy diversa- para desprestigiar a Nando Pons con el objetivo de forzarle a dimitir. Al ver que no lo conseguía, optó por la única solución que le quedaba: convencer a Serra Ferrer para que comprara el Mallorca. Así, allanó el camino con Mateu Alemany y facilitó el proceso de compra, encargándose personalmente durante las negociaciones de demonizar a Nando Pons y a su equipo. Resultado, la primera decisión que se tomó tras el cambio de propiedad fue echar a toda la dirección deportiva salvo a Manolo Molina y Gabi Vidal, que tuvieron la suerte de haber sido jugadores con Serra Ferrer, lo que les salvó de la quema.

Ni una sola lágrima se virtió por el despido a cajas destempladas de ocho profesionales en algunos casos con sueldos inferiores a mil euros. Es más, ya se encargó la maquinaria al servicio de Terrasa de tacharlos de anticristos. Incluso la administración concursal vino a bien participar en el juicio sumarísimo, que se cobró otra víctima a por la que también iba Terrasa, Matías Rebassa, que años después ha sido totalmente absuelto por la justicia, demostrándose que su despido fue absolutamente improcedente (aunque, claro, eso no conviene contarlo, ¿verdad?).

Y como el odio sólo engendra odio, Terrasa y Serra no tardaron mucho en pelearse. La excusa fue una desavenencia por el fichaje de Alfaro, aunque hay que ser muy pardillo para creerse eso. El motivo real sólo lo saben ellos dos, pero eso es lo de menos. Las consecuencias son mucho más terribles, porque a partir de entonces la guerra ha arrastrado al fango a docenas de profesionales que cometieron el error de alinearse con uno u otro bando o a directivos que desde la honestidad, como Jaume Cladera, trataron de restablecer el equilibrio. Ah, y no nos llamemos a engaño. Muy torpe hay que ser para no imaginar que en el momento en el que Terrasa se hubiera hecho con el poder no hubiera “depurado” el club de partidarios de Serra Ferrer.

Es una situación de descomposición permanente. Hoy es posible que los cinco que se han marchado paguen el tributo de una crisis que a todos nos ha tocado muy de cerca, pero nadie puede evitar pensar que Cati ha sido el último mártir de un conflicto interminable en el que se han superado ya todas las barreras éticas, y que tiene al Mallorca justo en el borde de un precipio sin fondo.

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