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R.C.D.Mallorca; Sonrisas y Lagrimas

escudo Real Mallorca

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De mal nacidos es alegrarse de las desgracias ajenas. Por eso ayer jueves fue un mal día para toda la familia mallorquinista, porque dos empleados del club perdieron su puesto de trabajo. Es el último capítulo de una guerra que se ha cobrado ya muchas víctimas, y que comenzó en el verano de 2.010, cuando fueron humillados y despedidos un puñado de grandes profesionales encabezados por Nando Pons. Se había consumado la venganza dispuesta por Pedro Terrasa contra el anterior director deportivo.

Cuando Terrasa fue a buscar a Serra Ferrer para que le comprara las acciones a Alemany -porque así fue como sucedió-, uno de sus grandes objetivos era acabar con su archienemigo Nando Pons, al que acusaba de no haberle prestado apoyo en su primer despido del Mallorca a manos de Vicenç Grande. Por eso, cuando Serra Ferrer se convirtió en propietario una de las primeras maniobras fue arrinconar a Nando Pons y todo su equipo y acabar con ellos fulminantemente.

Eso significó la salida del Mallorca de muchos profesionales de gran nivel, algunos de ellos mileuristas, que fueron sometidos a un absurdo e injusto juicio sumarísimo cuando en realidad su único pecado era trabajar en la secretaría técnica de Nando Pons, por otra parte el mejor director deportivo de la historia del club. Así salieron de la entidad Paco Navarrete, Marcos Martín de la Fuente, Miguel Magaña o el propio Gustavo Siviero, a quien le comunicaron su despido cuando subió a las oficinas a hacer unas fotocopias. Otro damnificado colateral fue el abogado Miquel Ballester, al que no se echó porque no tenía contrato, pero con el que se dejó de contar pese a llevar más de 20 años en el club efectuando casi a coste cero trabajos legales importantísimos, como la redacción del contrato de traspaso de Güiza o de la cesión de Borja Valero.

Nando Pons y su equipo fueron tratados como criminales, llevados a la palestra y responsabilizados de todos los males del Mallorca, cuando en realidad su trabajo había sido espectacular (los últimos ejemplos, los fichajes a coste cero de Tomás Pina y Michael Pereira, actuales baluartes de la primera plantilla). Pero eso daba igual. La venganza de Pedro Terrasa había sido ejecutada.

Un año más tarde las tornas cambiaron radicalmente, aunque eso quien más quien menos lo veía venir. Terrasa y Serra Ferrer se enfrentaron gravemente, en teoría porque Terrasa denunciaba irregularidades en el fichaje de Alfaro -algo que no se cree absolutamente nadie, porque no sólo es que no hubiera nada raro, es que el propio Terrasa firmó repetidamente operaciones similares mucho antes de la llegada de Serra-, y el pleito pronto salpicó a todas las áreas del club. Los hubo que se pusieron del lado de Serra -básicamente toda el área deportiva- y los hubo que se pusieron del lado de Terrasa -básicamente toda el área administrativa-. A partir de ahí, las tormentas fueron contínuas, con Claassen alineándose del lado de Terrasa.

Al final, sin embargo, ha sido Serra Ferrer el que ha ganado la batalla, que culminó con el despido de Terrasa al final de la pasada temporada. Ayer jueves, varios mses después, dos de sus principales aliados, el gerente Juan Barrios y la directora de la Fundació, Aurora Sampol, han abandonado el club tras ser despedidos. Es muy triste, en efecto, porque en definiva son víctimas colaterales. Sin embargo, que a nadie le quepa duda de una cosa: si la guerra civil hubiera acabado con otro resultado, los despidos en el área deportiva habrían sido múltiples. El ejemplo de lo sucedido con Nando Pons y su equipo es muy ilustrativo. ¿Ha valido la pena sembrar el camino de cadáveres de esta manera? Sinceramente creo que no.
Tomeu Maura

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